Pareo

Diana entiende de vivir en la nostalgia, de tomarse los cabellos en su cama, de entregarse en ocasiones y de encerrarse en tempestades. Es la víctima tercera del onceavo mandamiento, transparente en mente y de piel tersa. Es de esas mujeres que se esquivan a ellas mismas, que mantienen la mirada en el horizonte, que descubren de la vida sus tendencias.

Daniel entiende de vivir en suspicacia, de enredar los corazones y endulzar miradas, es especial conocedor de los solsticios, de los platillos y de las distancias. Es verdugo de su ego, y esclavo de su pertenencia. Su pasión es la pasión, y sus deseos son el deseo. Es de esos hombres que cuando observan traman. 

Diana fija su mirada en sus sandalias, Daniel fija su estupor sobre su falda. Sus pupilas se entrelazan con el mar como testigo, y el viento los empuja a cada uno por su espalda. Finjen no entenderse, no lustrarse, y en la falacia colectiva se sujetan el alma. Se transforman en pedestres elementos, opuestos en contrario, atraídos legiblemente.

Héctor entiende casi nada. Se adapta y se adopta, mimetiza sus pensamientos con el que los acapara, eleva anclas al deseo mejor postor. Es corriente que arrastra, es música que hala. 

Se transfiere en dimensiones que atrapan a Diana.

Instinto juega con Inteligencia, y en la ola arrastra a las tres almas, se ahogan en territorios que se renuevan, mutan cual protozoaria. Se miman en dos rumbos, pero el destino es sólo uno.


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