La inspiración parece nublada, las palabras no fluyen, el vino no encuentra ritmo con las manos. Así es la situación para Milena. El portal de su casa está vestido con escalones rojos, de una madera que atrae a miradas lujuriosas y encantamientos trasnochados; y cuando se sienta sobre ellos cruza sus piernas buscando el roce de una fibra natural, algo con qué rascar los tersos pedazos de piel, pero no se inspira... observa fíjamente el desgarbado abeto que nubla de sombras su morada, y piensa en aquellos días en que nada le importaba, en aquellos días en que la única razón para no vivir era inexistente, el viento que roza sus cabellos está impregnado de olores frutales, una inspiración para sus sentidos más no para su corazón sin descubrir.
Espera el momento adecuado para maltratar un poco las letras, pero en el fondo de su conciencia, algo le dice que no es momento para cambiar, que no hay espacio para compasiones, no todavía... llegará el momento en que dejará de ser malvada, y volverá a ser la cenicienta de rizos dorados.
Espera el momento adecuado para maltratar un poco las letras, pero en el fondo de su conciencia, algo le dice que no es momento para cambiar, que no hay espacio para compasiones, no todavía... llegará el momento en que dejará de ser malvada, y volverá a ser la cenicienta de rizos dorados.
