El Letargo
Dicen que las vidas pasadas hibernan; que aguardan pacientemente en algún rincón del alma que se encuentra en pena, que inspiran al subconsciente y lo embelesan, sutilmente, hábilmente, casi de manera misteriosa.
Te conocí en ese lugar, hace unos 300 años, mientras escuchabas La Pasión de San Mateo; sentada sobre aquél columpio con silla de madera, en tus ropajes blancos, noble cual perla estriada, aún sensible a las miradas, casi vírgen. Un coro de notas menores llenaba el espacio entre tu mirada y la mía, y en segundos te creí entender, te soñé despierto, te cuidé dormida.
En instantes desperté a tu lado, con la incógnita esperando entre tus piernas; sudando en agonía exhorta, alterado cual rufián domado, cual ave en vuelo extraño. El orden perfecto en notas largas, casi lúgubres, llenas de encanto senil y delicado. Recuerdo aquél temblar sincero, muestra de nosotros, prueba de tu entrega, faz de nuestra historia.
Una felicidad que recorre adjunta, fría y consolada especie, testigo de la naturaleza fresca que te identifica. Y en tus rosadas mejillas un candor, lucidez perpetua y objeción segura. En el presente ya te esperan otras fiestas, otras rutinas y otras dietas. Eres un planeta tierra.
Cae el telón, agresivo, torpe, inspirado en ira. Y se erige tu personalidad en un segundo.
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