El Deseo Como Píldora
Eduardo necesitaba un corte de cabello, pero cada vez que lo pensaba no hacía mas que hacer remembranza de su semana agitada, de todos los pormenores que tenía que solucionar para hacerse de una vida mas agradable, o hasta mas superficial. No le molestaba en lo mas mínimo el hecho de saberse aspirante a una vida llena de lujos y músicas intensas susurrando las mañanas junto a sus acompañantes de esta o aquella noche. Sentía que en los pequeños vestigios de humildad que le quedaban, cegados constantemente por su esnobismo, había un incesante punzón queriéndolo tornar en pueblo. En el salón de belleza lo atendió la susodicha. Ella era alta, de la raza negra, con el cabello rojo, jeans apretados; escote pronunciado, y rellenado, labios gruesos y antojadamente jugosos; o al menos así su descripción lo hacía entender, y también le dejaba entender otras cosas, como cuando deslizaba sus dedos suavemente sobre su preciado armamento pelar, o cuando se agachaba frente a el para dejar ver sus senos con la excusa de encontrar el mejor ángulo para reparar sus patillas. No fué imposible para Eduardo dejarse llevar, de la manera más automática que el tiempo permite la imaginó como su amante, de una noche, o de varias; y aunque no supo conceder los deseos que su elitismo hacia su cabello exigían, no pretendió en ningún momento privarse de admirarla e imaginarla, y hasta imitarle los movimientos en su cama. En muy buena hora se desprendió de su clase para plantearse la película del momento, ingirió amargamente la pastilla del deseo desenfrenado, terminó su corte de cabello, y esperó pacientemente por su próxima tentación.
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