Un Perro Y Un Bonsai
La soledad de María no tenia tapujos. Sus libros y su adicción a la ópera eran las únicas pasiones que enmarcaban su melancolía emblemática; a veces, cuando volvía a leer las crónicas de la provincia, lloraba con la incertidumbre de un niño al que le han quitado sus padres, y es que ella tuvo la experiencia de ver morir a sus progenitores de pequeña, y aquel trágico accidente, producto de la imprudencia de su padre, la hacía recordar lo solitario que es vivir encerrado en un recuerdo. Sentada a orillas de el charco de su niñez, pronunció las palabras que le había dedicado aquel foráneo, la vez que recibió su primer beso, y le producían las más intensas remembranzas de un tiempo en el que pudo vivir el amor condicionado. Para María era más interesante vivir en los recuerdos, que lidiar con la realidad de su trabajo extravagante, y es que ser una doctora en artes no hacía más que atestiguarle diariamente, que soñaba con placeres que nunca podría engendrar, y extravagancias con las que no podría lidiar.
Así decidió que la mejor forma de encaminar su vida sería adquirir, en el más firme sentido de la palabra, dos amigos que le enseñarían y le recordarían que de la soledad hay que hacerse aliado, y no enemigo, porque luego te extraña, y te confunde. Cuando le correspondió escoger la raza de su amigo, no tuvo ni la mas mínima duda en hacerse de un beagle; su temperamento inmediatamente la fascinó, y terminó correspondiendo a sus ladridos con un amor cegado por la casta inglesa. Un domingo llegó el bonsái. Y que destino fue aquel de haberlo encontrado de cerezas, justo el día en que sus intimidades se hacían más intrínsecas. Cuidar y aprender de sus, en principio, mas valiosas adquisiciones; la llevó a pensar que con el tiempo podría realmente sentirse menos sola, y esa condición de madre y aprendiz, concordó con sus primaveras, con sus maduraciones, y con sus edades; y nadie jamás pudo ocupar aquellos espacios que un beagle y un cerezo ocuparon en su existencia, llevándola a descansar al fin en paz, y sobre una muy tenue luz murió acompañada, nunca mas sintiéndose sola, de un perro y un bonsái.
Así decidió que la mejor forma de encaminar su vida sería adquirir, en el más firme sentido de la palabra, dos amigos que le enseñarían y le recordarían que de la soledad hay que hacerse aliado, y no enemigo, porque luego te extraña, y te confunde. Cuando le correspondió escoger la raza de su amigo, no tuvo ni la mas mínima duda en hacerse de un beagle; su temperamento inmediatamente la fascinó, y terminó correspondiendo a sus ladridos con un amor cegado por la casta inglesa. Un domingo llegó el bonsái. Y que destino fue aquel de haberlo encontrado de cerezas, justo el día en que sus intimidades se hacían más intrínsecas. Cuidar y aprender de sus, en principio, mas valiosas adquisiciones; la llevó a pensar que con el tiempo podría realmente sentirse menos sola, y esa condición de madre y aprendiz, concordó con sus primaveras, con sus maduraciones, y con sus edades; y nadie jamás pudo ocupar aquellos espacios que un beagle y un cerezo ocuparon en su existencia, llevándola a descansar al fin en paz, y sobre una muy tenue luz murió acompañada, nunca mas sintiéndose sola, de un perro y un bonsái.

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