Dentistas
No me imagino cómo se debe sentir eso. De pequeño la parte que más me
gustaba de las limpiezas dentales era el flúor, era como drogarse
selectivamente. Ahora de grande me gusta el pequeño instante en que empieza el taladro a revolverse, el roce involuntario, la espectativa por el dolor... Claro, esa magia termina cuando te toca un
doctor, o cuando te toca un troglodita, un hombre de las cavernas al que le han
regalado el derecho a torturar en alguna facultad de medicina. No tengo
recuerdos de cuando me pusieron la calza, pero ya me avisaron que necesito una,
al igual que la extracción (jó! palabra para fea) de las cuatro cordales. Ya me
sapearon que duele mucho la anestesia, que seguramente es la misma que te ponen
para la endodoncia, y que después hay que tomar muchos líquidos, por varios
días, hasta que la carnita se renueve y se transformen en cuatro diminutas
mesetas de encía. Debe sentirse raro. Nunca lo sabré porque nunca he tenido
molares que hayan salido de su cueva maxilar, pero ya las extraño, así me sentí
cuando me quemaron una verruga en el dedo gordo, fue, para el bien de mis apariencias,
una amputación, una prueba fidedigna de la primera ley de termodinámica, el
morro de células horrorosas (otra meseta) transformado en una efímera nube gris
que se cuela bajo la puerta del consultorio y va a parar a los pulmones de
algún cristiano. Vaya manera!
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