El Sendero Que Comparto
El camino de las calles panameñas va plagado de detalles: aromas urbanos que asechan la víspera del caos diario, luces que obligan a observar más detenidamente, especialmente en los tramos del Corredor Norte que bordean el Distrito de San Miguelito. Parecería que está uno frente a una instalación artística, plagada en bombillos de luz amarilla, faroles estáticos y emisores LED en movimiento.
Así van las madrugadas, tal vez haya sido la edad, o tal vez la fotografía ha logrado desarrollar un método de observación más detallado; y es que al pasar por esos caminos habituales, el escenario es nuevo cada día, las mismas calles entrelazadas sobre las colinas, con la ciudad al fondo, muestran los asentamientos humanos más nobles, se observa el enclaustre provocado por la rutina y la ausencia de estándares constructivos, la decadencia y la nostalgia del ser humano, que aún en su vitalidad cementada en concreto y hojas de zinc, deja entrever árboles de edad madura, como tinta que se esparce luego de interceder ante las propiedades elásticas de las hebras de un pincel. Y cual gotas aleatorias proponen cierta interacción con su entorno, una superficie se concede a un ser humano, un ser humano se concede a una superficie.
Y entre notas musicales alteradas artificialmente, va surgiendo una ciudad orgánica, del pobre sí, que aún edificando sin más normativa que el sentido común, incluye (o al menos no destruye) elementos naturales que vibran con las estaciones y el viento. Antes de entrar en un corredor que atraviesa el Parque Natural Metropolitano, esa especie de cuerpo humano que ha sido atravesado por las flechas de la codicia, la temperatura cede ante el refrigerante selvático, y la humedad conmociona el interior del alma misma. En ese sendero de concreto en medio de la jungla, los perezosos perecen como recordatorio del manejo inadecuado, y entre taludes muertos y árboles solitarios se tranforma el escenario nuevamente a un cementerio de seres vivos, con aeropuertos que provienen del cielo mismo, pero de otro planeta.
En algún lugar lejano, alguien observa dos lunas rotar sobre el horizonte, me lo creo, lo he visto en sueños. Y también me creo las mentiras del progreso, aunque en ocasiones la ilusión se transforma en trazos inevitables de locura, que te llegan a lugares desconocidos hasta por uno mismo, pero que aunque hundido en miedo logran perturbar agresivamente.
Podría decir que este camino de unas cuatro leguas, dista de funcionar como objeto para acortar distancias, más bien aleja de las funciones básicas, del reloj natural y del Universo mismo. Pasa a ser una sombra más en el firmamento infiel que conozco desde el momento en que me encontró el destino.





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