Pecho Amarillo

Sentado en su hamaca favorita, la que aunque le marcaba la espalda también le recordaba a su difunta abuela, Adrián sentó cabeza. Divagando sin motivo aparente, se dejó endulzar por algunos detalles de su vida, que ante los ojos de algunas personas, lo hacían acreedor del título de "persona extraña". Le vino en déspota sigilo, inevitablemente, el recuerdo de cuando mató un pájaro, la escena era vívida, él, sentado en la puerta de entrada a la casa donde vivió su infancia, el pájaro, mirándolo fíjamente desde el tendido eléctrico justo al otro lado de la calle. Recordaba la conversación que tuvieron, de ojo a ojo, de pecho a pecho amarillo. El ave conocía su destino, entendía el inmenso valor de su existencia y lo breve que sería su estancia en esta vida. Adrián, sin embargo, nunca entendió la definición de límite, era fácil entenderlo porque en su vida, aún cuando no fumaba en lo absoluto, lograba hacerlo en dos situaciones que definían mucho de su torcido pensar: justo después de enredarse en pieles con su amante, y en el proceso de filosofar aspectos banales con su amigo, el esposo de su amante. 

Adrían tomó el rifle de balines que su padre le había regalado una navidad, el mismo rifle que tenía prohibido disparar dentro del barrio, mucho menos con un ser vivo como destino. Observó por la mirilla telescópica al pecho amarillo, los rayos de luz, como obra divina, iluminaban el plumaje, que a un ritmo perfecto, dejaba entrever la respiración perfecta de un sacrificio. Cuando haló el gatillo tuvo un remordimiento instantáneo, y mientras el proyectil trazaba su ruta en destino mortal, sus memorias se apoderaban letalmente de sus sentimientos, torpe en sus modales, frágilmente acongojado. Se preguntaba si al ave alguna vez le comentaron lo que para él se había convertido en mantra: nunca dependas de nadie.

Era el mismo sentimiendo. Su descaro quedaba en evidencia, ahí, frente a la calle, el ave daba sus últimos suspiros, se observaban respetuosamente, ambos experimentando el tormento de la muerte, pero sobre todo el instante ese en el que se está vivo. 

Igual que su amante.

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